
Hace poco me contactó
un viejo amigo.
Hablamos largo y tendido; tras el monitor de por
medio; como lo hacíamos en otro tiempo, cuando nos encontrábamos a la salida de
alguna parte y terminábamos dejando pasar todas las micros.
Fumábamos dos, seis, infinitos puchos, nos bebíamos
vinos muy tintos y abrazábamos interminables sueños y protestas y más sueños.
Por un momento hasta me pareció que el tiempo no
había pasado con tanta distancia y ausencia. Y llegué a olvidar mis tristezas de estos días, igual que antes, cuando estábamos
juntos.
Reí un montón; en mayúsculas y minúsculas. Y
también nos dimos espacio para la franqueza (la posible de contar por escrito).
Y cuando llegó la hora de despedirnos, me vino una tristeza inmensa.
-Al final, la vida termina siendo puros
descubrimientos, ausencias, encuentros y despedidas- le escribí.
Y antes de agregar más nada, ganándome de mano
respondió:
-Me di cuenta que hoy, yo, le tengo una especie de
cagazo a este tipo de vida, tan llena de descubrimientos, ausencias, encuentros
y despedidas.